La larga agonía del extremeño Godoy. Cartas a Pepita Tudó (1808-1851)

Por El Avisador - 6 de Octubre, 2015, 14:29, Categoría: General

Gavilla de estudios realizados sobre la vida y obra de Manuel Godoy (Badajoz, 1767-París, 1851), el extremeño de sangre no real que más poderes, honores y privilegios acumuló como valido de Carlos IV, a raíz de las 71 cartas adquiridas por el Parlamento de Extremadura el 4 de junio de 2013. Que constituyen parte de la abundante correspondencia mantenida por Godoy con Pepita Tudó, su amante, primero, y su esposa, después, en los 43 años de penoso exilio europeo sufridos por quien llegó a ser, tras su ingreso con 17 años en la I Brigada de la Compañía Española de la Guardia de Corps, y por voluntad expresa de sus amigos y protectores, los reyes Carlos IV de Borbón y María Luisa de Parma, Caballero de la Orden de Santiago, Gentilhombre de Cámara de Su Majestad, Sargento Mayor de Guardias de Corps con grado de Teniente General, Duque de la Alcudia con Grandeza de España, Consejero de Estado, y, con sólo 25 años, Primer Secretario de Estado y del Despacho (Primer Ministro o Jefe del Gobierno, en las democracias actuales), además de Capitán General, Príncipe de la Paz, Generalísimo de las armas de Mar y Tierra, Duque de Sueca con Grandeza de España, Almirante General de España e Indias con tratamiento de Alteza Serenísima...

La larga agonía del extremeño Godoy… (Mérida, Parlamento de Extremadura, Artes Gráficas Rejas, 2015, 206 páginas), presenta 7 trabajos de otros tantos investigadores, más uno de una de sus descendientes actuales, propietaria de la correspondencia: "La colección de cartas de Godoy", de José Luis Gil Soto, "La visión de una descendiente directa de Godoy", de Alicia Crespo Guijarro, "El exilio del Príncipe de la Paz", de Enrique Rúspoli y Morenés", "Josefa Tudó: amante y esposa de Manuel Godoy", de Francisco Márzquez Hidalgo, "El honor de Manuel Godoy", de Emilio La Parra López, "Las dos patrias de Manuel Godoy: Badajoz y su infancia", de Alberto González Rodríguez, "Manuel Godoy. Príncipe de la Paz", de Alfonso Bullón de Mendoza y "Olivenza: triunfo y fracaso de Godoy", de Luis Alfonso Limpo Píriz.

La obra, que se inscribe en el contexto de poner luz sobre la vida y obra del político extremeño para disipar las muchas insidias y falsedades históricas que, de forma interesada, han rodeado su figura, se completa con la reproducción facsímil y transcripción de 6 de las 71 cartas y una detallada cronología elaborada por Enrique Rúspoli y Morenés. Sin que falten el saluda protocolario de José Antonio Monago Terraza, presidente del Gobierno extremeño de la época, titulado "La imagen de un político extremeño, las cartas de un hombre en el exilio", y el de Fernando J. Manzano Pedrera, presidente del Parlamento de Extremadura, "Un legado al alcance de todos los extremeños".

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Enviado por Aingeru Daóiz Velarde (Contacto, Página)
Fecha: 1 de Septiembre, 2017, 7:51

Godoy ha sido uno de los personajes más apasionadamente tratados por la Historia. El llamado choricero y Gran Visir es juzgado hoy en día sin acritud ni pasión, ya se ve en las iniciativas tanto de algún Ayuntamiento como Iglesia-Convento como de algún que otro Ministerio Público, de intentar traer sus restos a España. Lo cierto es que tuvo el singular infortunio de sobrevivir muchos años a su desgracia y esta circunstancia desventurada incita hoy a la piedad y a la benevolencia hacia el que contempló durante cerca de medio siglo el doloroso contraste entre su pasada grandeza y el triste presente, lleno de miserias y tribulaciones. Es calificado de mediocre y ambicioso, anhelante en acumular riquezas, aunque no carecía de talento, pues era de una inteligencia clara y despierta. Es verdad que tuvo algunos aciertos, Godoy como gobernante fue un decidido partidario de las luces, suprimió censuras, dejo entrar los libros enciclopedistas, puso trabas a la actuación de la inquisición, fue quien autorizo el regreso de los judíos a España. La herencia educativa y cultural de Godoy es muy superior a la de cualquier otro periodo: Creación del Real Colegio de Medicina, el Cuerpo de Ingenieros y Cosmógrafos, las escuelas de Veterinaria, Sordomudos, Relojería, etc. el Observatorio Astronómico, el Jardín Botánico, los museos de Industria e Hidrográfico, ordenó el primer reglamento para médicos y farmacéuticos, apoyó publicaciones y expediciones de estudios botánicos, etc., pero, las guerras en que nos metió costo a España aproximadamente medio millón de muertos, sin contar los que murieron por el hambre, ya que resultó verdaderamente costosa. Los guerrilleros se aprovisionaron sobre el terreno mediante requisas, la devastación destructora diezmó la producción agraria, la gente del campo temía cultivar por miedo a la incertidumbre, las cosechas fueron malas y escasas y la mortandad por la hambruna se disparó. La industria textil disminuyó casi hasta desaparecer, el transporte de mercancías se paralizó por completo, y la guerra generó un fuerte déficit en las finanzas públicas generando un déficit que superaba los 12.000 millones de reales, cifra veinte veces superior a los ingresos anuales ordinarios, sin contar las pérdidas de las guerras como aliados de Napoleón, la pérdida de la Armada Española, la de tantos buenos héroes sin parangón de la patria, y sobre todo, que a raíz de la guerra en que nos vimos metidos gracias a la, por decirlo de alguna manera, desconsideración del mozo extremeño, las Colonias de América empezaron su periplo independentista de una nación débil, y en quiebra.
Los intereses creados por una muchedumbre de servidores interesados sólo en su propio beneficio forjaron la leyenda de su exagerada competencia y la aureola de prestigios que trataban de encubrir sus grandes dislates. Los acontecimientos que se desarrollaron a su vista eran de trascendencia muy superior a su preparación. La gloria de Napoleón le deslumbró en un principio, le atemorizó después su poder y desde entonces su servilismo no tiene nombre. La vanidad y el instinto de conservar su relevante posición le cegaron en la última época de su gobierno y vendió a su patria sin darse cuenta del crimen que cometía. También es justo decir que la responsabilidad fue también de los reyes que lo elevaron, de los aduladores de la época y de esos españoles que se resignaron en aquel orden de cosas.
Ante todo esto expuesto, compete al lector enjuiciar si Manuel Godoy y Álvarez de Faria fue un noble político que sufrió los desmanes y desatenciones de unos reyes nefastos (como muchos otros por no decir casi todos, tanto Austrias menores como Borbones mayores), y merecedor de ser repuesto en el papel de la Historia de España como ilustre y grande, y que sus restos acaben en la tierra que lo vio nacer y desaparecer por la frontera, o bien, que termine donde siempre ha estado y querido estar, pues ya se ha visto que nunca quiso regresar, más bien lo que quería era sólo, su extenso patrimonio fruto de lo que la fructífera caída a tiempo de un caballo, le quiso regalar.
Para finalizar, cabe reseñar el famoso dicho de Santayana, “Quien olvida su historia, está condenado a repetirla”. Así sea.

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